Llegar a Santiago es comenzar de nuevo

Chucho Torres | Obradoiro

Obradoiro
Chucho Torres

La llegada a Santiago de Compostela fue la erupción de un volcán. Toda clase de emociones se desbordaron explosivas por todo mí ser y afloraron con una fuerza placentera que irrigó todo mi cuerpo. Fueron secuencias de un éxtasis acumulado, no solo durante los 34 días de camino sino en la jornada existencial próxima a los 53 años.

Los últimos veinte kilómetros del sendero fueron particularmente duros por la intensa lluvia que se asomó entre Pedrouzo y Santiago de Compostela. No había terminado la penumbra y ya decenas de caminantes se enfundaban en esa ruta mágica que significa dar colofón a una peregrinación o expedición que se paseó por entre los Pirineos, la Rioja, la meseta Castellana, León, el emblemático Ocebreiro, Galicia, la Coruña.  De oriente a occidente se paneó una parte de la España siempre cargada de historia enriquecida a cada tanto por los miles de caminantes que tienen al apóstol Santiago como faro de esa misión y de esa experiencia.

En las primeras horas se conjugan muchos elementos que arrugan el alma del caminante y que a la vez iluminan sus ojos y su rostro cobijado por las huellas del viento, el sol, la lluvia. El espeso bosque de la madrugada es el primer testigo de iniciales  pasos de la última jornada. Piso blando y fresco se tiende a los pies del peregrino. Así como se va saliendo de la penumbra se va dejando la manigua y aparece un paisaje que, adornado por las mantas blancas y grisáceas de la niebla, es triste y opaco. Se aprecia una colina y en ella infinidad de luces intermitentes. Es el aeropuerto de Santiago. Se convierte en una meta intermedia. Llegar a esos terrenos es comenzar a pisar el vecindario compostelano. El rugir de las turbinas  traslada la imaginación del peregrino a su próximo salto. ¿Terminada la peregrinación hacia dónde es el embarque? Pero para bordear las pistas y zonas adyacentes del terminal aéreo hay trecho. Son veredas y casas de campo destinadas al recreo y el descanso. Entre leves ascensos transcurren esas horas ya entrada la mañana del día final.

La lluvia fuerte, fría y constante se empeña en acompañar los viajeros de ese día. La ruta que en los mapas y reseñas de viaje parecía sencilla se torna difícil e imprime toques de sufrimiento. La mente, que se ha tornado rebelde en toda la peregrinación, aparece dichosa con sus apartados. Revive las duras jornadas de sol, de ascensos, de dolores, de agotamiento. Se juntan, entonces, los recuerdos penosos de antes con las angustias de ese presente, que por la lluvia torna exigente la jornada. Mientras los aviones salen y llegan, un montón de caminantes bordean los predios del aeropuerto. No deja de ser emocionante ese momento de la etapa, porque para muchos la travesía es el comienzo de un nuevo viaje. Terminar en Santiago es abordar un nuevo destino. Es levantar vuelo. Tal vez por eso, en ese tránsito, son los aviones los del ruido mientras los hombres y mujeres que buscan llegar a la Plaza Obradoiro permanecen en silencio y mantienen el ritmo. Llegan las famosas rectas interminables de un sendero pavimentado rodeado de árboles enormes que son testigos de cada paso. Pero es la lluvia que arrecia y que acompaña con el viento frío a los protagonistas.

En San Pelayo, un café, es el refugio temporal para una bebida caliente, un descanso y escurrir las prendas ya totalmente mojadas. No hay marcha atrás. La lluvia no cesa, faltan diez kilómetros y el temporal se recrudece. A marchar se dijo. Saber que se camina ya dentro del perímetro del municipio de Santiago produce una agitación en el cuerpo y en el ser. Aparece la mente intentando erradicar las emociones buenas y hace recordar que el pronóstico del tiempo es lluvia constante durante el día. Rectas húmedas, eternas y lánguidas siguen en el frente. Cinco kilómetros de camino escurriendo agua se llega al Monte do Gozo. Es maravilloso pero la emoción de estar allí no es tanta por las condiciones tan frías del clima. Además, en una imagen nublada y muy gris se aprecia a lo lejos Santiago y su Catedral. Se acelera la respiración y se excita la circulación sanguínea. No es exagerado decir que esa última jornada fue una pesadilla por la lluvia, pero pasados los días la reflexión es otra: la lluvia es parte de la naturaleza, se desgaja de las nubes maravillosamente y corre libre y desprevenida. No hay obstáculos que la detengan ni pendientes que la limiten. Simplemente cae y busca correr sin destinos premeditados. Así debe ser la existencia. Espontánea, rendida. En aceptación sin juicios. La lluvia de esa jornada es un colofón grandioso para tan magnífica travesía, se vive y se aprecia lo que cada día se pone al frente en la vida. Ningún peregrino se queja del fuerte sol, o del intenso viento, o de la lluvia. Es una relación cálida con la naturaleza, pero somos seres humanos formados en creencias y resabios. Eso nos torna débiles y flojos. No hay tal.

Ya en las calles de Santiago, la erupción se siente. Surge un afán. Desfilan muchas imágenes del camino, es increíble, ya estoy aquí. Primero, la ciudad más reciente, construcciones modernas y calles amplias, al fondo las estructuras que gritan historia. Coincide la hora del medio día con el descanso de los santiagueños. Se apresura el paso y como por arte de magia, la lluvia se convierte en solo brisa y la tempestad se esparce maravillosamente y no arropa más a los felices y emocionados peregrinos. Últimas cuadras de camino. ¿Por dónde? ¿Por dónde? La señal, ahí está. Es la compañera más fiel del sendero, la flecha amarilla que señala el destino y que puede aparecer en un muro, en los árboles, en las piedras, en las fachadas. Ahora ya está en el alma y señala el buen camino.

Por fin los peregrinos ya están entre las construcciones centenarias, se mezclan las ropas muy mojadas y las botas muy empantanadas de los expedicionarios con los habitantes de la ciudad. No falta un saludo amable y cariñoso de alguien que observa los rostros nunca imaginados del peregrino que llega a su destino luego de 800 kilómetros de camino.

Se desciende por unas escaleras, un músico callejero interpreta su violín, es la bienvenida, ¡qué bello! Últimos metros, estamos descendiendo por un costado de un parque, al fondo se aprecia parte de la gran plaza: llegué, llegamos. Que fuerte, que emoción, se desbordan las lágrimas y cada una de ellas es felicidad y gozo. Paz y sosiego. Deliran las ansias y la inmensa catedral se alza sobre la humanidad peregrina y el silencio se apodera de cada persona. De rodillas, abrazados, aferrados a contra el pecho, amarrados a la vida. Aquí estamos, pero el peregrinaje sigue, ahora con un bastón en el pecho y una concha caminante en el espíritu.

Este portal está dedicado a la señora Mery Segura y a sus tres queridas hijas, Ángela, Olga Lucía y Marisol Neira. Verdaderos ángeles en la Tierra. Generosidad, bondad y amor son su identidad.